Lo cortés no quita lo valiente

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Han transcurrido demasiados años desde el fatídico 14 de marzo de 1994 en que falleció Andreas Faber Kaiser. Pero el recuerdo de su tranquila y pausada voz a través de las ondas de radio ha quedado incólume en mi memoria, además de muchas otras reminiscencias que otrora fueron el contenido de su programa Sintonia Alfa, emitido desde una emisora de la que no deseo dar publicidad, debido a las presiones poco estéticas que algunos tuvieron que ejercer para que dicha emisora tratara con respeto al que fue su colaborador durante años.

No se me malinterprete, sigo siendo escéptico hasta la médula. Cayendo en el tópico de que “lo cortés no quita lo valiente”, debo manifestar mi admiración por el tristemente desaparecido Andreas Faber Kaiser, porque en una sociedad en la que prima la hipocresía y el apuntalarse junto al árbol que más y mejor sombra da, Andreas no tuvo reparos en enfrentarse al poder establecido, fuera éste el que fuese, para denunciar hechos que atentaban gravemente contra la dignidad humana. Alguien puede argumentar, no sin razón, que la faceta humana no tiene porqué estar relacionada con descabelladas ideas -presencia de entidades extraterrestres en la Antigüedad, por poner un ejemplo-, pero en el caso de Andreas considero preceptivo anteponer su calidad de humano comprometido con su especie, a su imagen de investigador de enigmas ultraterrenos.

No tuve la suerte de conocerle personalmente, pese a que inicié las gestiones pertinentes para concertar una entrevista personal. Lamentablemente no se pudo realizar. Tengo, a modo de prueba testimonial, una muy respetable cantidad de comentarios, respuestas y correos que he logrado reunir de gente que sí tuvo la suerte de tratarle personalmente, algunos de ellos en profundidad. El más crítico de todos ellos me comunicó que “Andreas fue un tipo más que estupendo”.

Le han atribuido el calificativo de “fabricante de paradojas”, alguien agradeció que a finales de los 80 cambiase con éxito la máquina de escribir por el micrófono y le atribuyen carencia “del mínimo espíritu crítico”, “[…] autor de dos libros que son meras recopilaciones de documentación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA)” -todos estos comentarios extraídos de LAR nº 32-. Posiblemente los que así opinen tengan sus razones, pero yo, escéptico, tengo las mías, y me consta que individuos de alto prestigio en sus ámbitos, no sólo son fabricantes de paradojas -siempre a su conveniencia-, sino que con muchas de sus acciones actualizan algunas de las figuras contenidas en el Código Penal. En cuanto a “meras recopilaciones de documentación”, podría yo decir mucho respecto de libros editados, publicados y presentados por universidades españolas (levantinas para más señas); ya quisieran sus autores haber realizado siquiera una mera recopilación.

Cuando apareció el nuevo catecismo de la Iglesia católica, allá por la primera mitad de los años noventa -si mi memoria no me falla- Andreas invitó a su programa a una vidente, bruja, vaticinadora o como se le quiera denominar. Me extrañó ya que no era su estilo; él mismo afirmó que nunca había recurrido a este tipo de prácticas adivinatorias. Poco antes de finalizar el programa comprendí la causa de la presencia de aquella invitada: el nuevo catecismo condenaba toda clase de prácticas mágicas, adivinatorias y paranormales. La invitada representaba toda una provocación hacia la Iglesia católica y su nuevo catecismo.

Había que ser muy valiente para publicar, en plena transición española -más que transición resultó una adaptación del tardofranquismo a la incipiente democracia-, una obra titulada Jesús vivió y murió en Cachemira (1976). Para mí, el elemento fundamental de la cuestión no es la propia historia del personaje, sino la extrema osadía de dinamitar uno de los principios básicos del cristianismo, es decir, si el Jesús bíblico no murió en las circunstancias conocidas tampoco resucitó al tercer día, luego la base fundamental de todo lo que se formó posteriormente desaparece. Los que han calificado a Andreas de “precursor […] de la teología light […]”, ¿hubieran lanzado esta teoría al mercado convulso de una sociedad lamentablemente dominada en buena parte por el estamento eclesiástico? Yo no me hubiese arriesgado.

Posiblemente una de las características de los actuales programas de radio -o secciones de éstos- que tratan temas paranormales es, entre otras, la desfragmentación, es decir, la ausencia de auténticos monográficos, la carencia de temas específicos tratados con cierta profundidad. ¿Atributo de tiempos posmodernos? Lo desconozco, pero resulta irritante que nos ofrezcan un paseo superficial sobre un determinado tema y no salir de los tópicos comunes y sabidos, hasta para los no crédulos…

Escribió en su obra Pacto de silencio: “[…] me vino a la memoria el comentario de un amigo que no entendía qué hacía yo siguiendo la pista del origen de la intoxicación masiva de 1981: “¡Pero si éste no es tu tema…! Me decidí hace ya algunos años a seguir esta pista por la sencilla razón de que el escándalo del síndrome tóxico está salpicado de ingredientes que se insinúan inmersos en un contexto de ensayo químico. La víctima: el ser humano. Este sí es mi tema”. La negrita es mía.

Me abstengo de citar un extenso y significativo pasaje de la misma obra (págs. 21-22) el cual representa todo un alegato a la facultad de pensar por uno mismo, sin repetir consignas ajenas, sean de la naturaleza que sean. Si a alguien le extraña que todo un creador de paradojas realice una hermosa apología a la libertad individual de pensamiento, le diré que esa misma libertad me llevó, en su tiempo, a iniciar los primeros pasos con vistas a convertirme en un escéptico o descreído de ese mundo paranormal que atenta contra el más mínimo sentido común de andar por casa.

Recuerdo un programa de Sintonia Alfa en el que Andreas desenmascaró a unos individuos, procedentes de Madrid, utilizando el método socrático de la mayéutica. Los sujetos pretendían dar el golpe de su vida organizando una especie de alerta ovni en la capital del Estado, en la que se exigía un pago exorbitante y por adelantado para participar en ella, alegando que el precio de la entrada se destinaba a cubrir servicios de seguridad, transporte urbano y vete a saber qué más. Una vez descubiertos, uno de ellos perdió los estribos al sentirse delatado, no teniendo ya reparo alguno en manifestar una enorme dosis de chulería y cierta agresividad.

Por aquel tiempo -y durante bastante más- se emitía otro programa denominado Espacio en blanco las madrugadas de los fines de semana. El tratamiento resultaba radicalmente distinto y opuesto al de Sintonia Alfa. En aquél solían pulular extraños personajes, líderes de sectas, así como temática morbosa y sensacionalista relacionada con el personaje de Satán, misas negras, profanaciones de cementerios, truculentos exorcismos, abducciones en no se sabe qué grado, etc., etc.. Pero lo peor de todo era la estruendosa música que tenían por costumbre poner cuando se suponía que el oyente se había quedado dormido, logrando el efecto deseado: el sobresalto era tanto que a duras penas lograbas recuperar la calma, ignorando si había caído un rayo o el edificio se había derrumbado. Sintonia Alfa logró en todo momento mantener una atmósfera sosegada y tranquila, adecuada a los temas que iban a tratarse, sin sobresaltos espectaculares ni personajes estrambóticos que forzaran al oyente a mantenerse despierto, con un hilo conductor y una clara exposición del tema. El programa duraba dos horas, de doce de la medianoche del domingo a dos de la madrugada. A lo largo de la primera hora, el invitado de turno -generalmente algún investigador “serio”, al menos poco sospechoso de caer en la extravagancia, tan frecuente en el mundillo paranormal- exponía el tema a tratar, un tema específico, profundizando en el marco de lo posible y casi nunca yéndose por las ramas ni pasando de un tema a otro, a no ser que la situación así lo requiriese. La segunda y última hora la ocupaban las preguntas telefónicas de los oyentes, no exentas de críticas ni de, en ocasiones, agrias polémicas. Una cuña del programa recordaba que las opiniones que allí se vertían no eran más que eso, opiniones individuales, dejando bien claro que lo que en el programa se manifestaba no debía servir de dogma o norma de vida a seguir cómodamente. Tampoco faltaba el aviso de que si algún oyente se sentía influenciado por el contenido del programa, cambiara inmediatamente de emisora. ¿Recurso conscientemente utilizado para captar la atención de los oyentes? Quizá, pero el aviso quedaba en el aire.

Que nadie se moleste si digo que, en la actualidad, algún que otro viernes insomne me decido a sintonizar Milenio 3 pero, una vez iniciado el programa, entro en tal grado de sopor que me quedo dormido casi de inmediato. Conste que deseo escuchar lo que se emite, pero por razones desconocidas vuelvo a despertarme cuando suenan las señales horarias de las tres de la mañana, es decir, cuando ha finalizado. Debo decir, por otra parte y para ser justo, que al menos podemos sintonizar algún programa de temática fronteriza con la ciencia a horas no excesivamente intempestivas, lo cual ya dice algo a favor de Milenio 3. Ahora que he mencionado el anterior programa, se me ocurre citar otro punto de discrepancia entre ambos, a saber, Andreas no permitía que se hiciese publicidad en su programa de trabajos publicados por él; todo lo contrario que en otros, donde repiten hasta la saciedad el último libro escrito por el propio conductor de “la nave del misterio” o de cualquiera de los miembros de su equipo. Y para los cinco primeros oyentes que envíen un SMS al programa se sortea un ejemplar del libro. No digo que resulte ilegítimo publicitar sus libros, me limito a plasmar la diferencia.

Me consta que hace largo tiempo se emite un programa titulado La rosa de los vientos en una conocida emisora de radio, en el que intervienen veteranos investigadores del misterio; pero también es significativo que se emita a partir de la una y media de la madrugada de lunes a jueves -si mi información es correcta-; intempestivo horario para aquellos que dependemos de un trabajo que se inicia a primeras horas de la mañana.

Es posible que me haya empujado a escribir este texto mi parte sentimental, que las circunstancias históricas que nos toca vivir hayan actuado de mecha y que yo no sea el más indicado para opinar sobre Andreas. Pero posiblemente no me hubiera molestado en emplear un minuto de mi ya ajustado tiempo en plasmar todo lo mencionado si no me hubiese enterado de que, tras su muerte, se sucedieron actitudes indignas por parte de algunos que pertenecían al ámbito de Andreas. Sé de primera mano que todo aquél que le conoció personalmente quedó maravillado por su talante humano. Hoy por hoy es lo único que me interesa del tema. No siempre he estado de acuerdo con las teorías que Andreas promulgaba en sus libros y a través de las ondas, pero como lo cortés no quita lo valiente, considero mucho más grave el hecho de que humanos como él vayan desapareciendo, hombres y mujeres que griten en el silencio de la noche aquello que los poderes fácticos no desean que sea escuchado, aquello que el poder en la sombra -nada misterioso, por cierto, sino simplemente bien oculto- no considere oportuno para sus intereses.

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Fuente y texto original: El Escéptico Digital
Fecha: 2006
Autor: Juan Antonio Paredes Acosta




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