Carta a mi padre

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Cuando Manuel me dijo que quería dedicarte el número 60 de EOC y me preguntó si me apetecía escribir algo para la ocasión le dije que sí sin dudarlo. Me apetecía escribir lo que en otras ocasiones no he podido, o no he sabido, decir.

Quiero decirte que recuerdo con nostalgia las noches ibizencas en verano, cuando te sentabas a mi lado a mirar el cielo estrellado desde la terraza del número 6 de «Es Fumerals», la casa de los Opas, en Can Pep Simó. Que cuando otros padres enseñan a sus hijos el abecedario, tu me ayudabas también a leer el firmamento, a discernir las constelaciones, a hallar la Estrella Polar cruzando líneas imaginarias entre la Osa Mayor y Casiopea. Y que todavía hoy busco el Norte en el cielo cuando pernocto en lugares nuevos, que son unos instantes que me reconfortan, que me conectan directamente con tu recuerdo, que me remiten a esas otras noches en las que nos llevabas a mi hermana y a mí a lugares donde el cielo estaba menos contaminado lumínicamente que el de Barcelona, y nos señalabas la posición del rojizo Marte y de Venus, el Lucero del Alba, o nos pasabas los prismáticos para apreciar mejor la densidad de estrellas de la Vía Láctea. Contemplar ese cielo nocturno mientras escuchábamos tus explicaciones fue un aprendizaje muy importante para mí en muchos aspectos, aprendí a relativizar las cosas, a comprender lo pequeños que somos en comparación con el Universo, pero que al mismo tiempo formamos parte de él, que juntos somos un todo. Que sin cada uno de nosotros el Universo sería también distinto y por ello, aunque pequeños somos únicos.

El Cosmos siempre te fascinó, ya de pequeño te preguntabas si habría alguien, una inteligencia en otro planeta mirando el firmamento al mismo tiempo que tú y haciéndose la misma pregunta. Fruto de esa temprana inquietud empezaste a documentarte, a investigar, a recorrer el mundo buscando respuestas. Con cada regreso a casa Monika y yo te asaltábamos a preguntas hasta que sabiamos, casi día a día, tus experiencias por esos paises lejanos. Así supimos de la India, de la selva amazónica, de la Micronesia y de tantos otros lugares antes de que publicaras nada sobre ellos. Tus aventuras eran casi siempre en solitario, pues así entendías y argumentabas que debía ser. Investigabas para saber, no para publicar. Esto último lo dejabas para cuando te parecía que tenías algo interesante que contar y que podías hacerlo. Tengo muy claro que publicabas para vivir, no para enriquecerte. Por eso, por ejemplo, no llegaste a escribir ningún libro sobre tu estancia en el Oriente equatoriano, junto a los Shuaras que guardan las entradas a la Cueva de los Tayos. Habías dado tu palabra a los indios y la mantuviste. Si tu afán hubiera sido solo el dinero o la fama, como algunos dicen, habrías escrito novelas. No te pareció oportuno. Tampoco aceptaste que una productora americana pudiese cambiar, sin tu consentimiento, el guión para la pelicula que querían hacer basada en tu libro «Jesús vivió y murió en Cachemira». El mejor legado que nos dejaste como padre fueron las situaciones que nos permitiste vivir y la variedad de personajes de todo tipo y nacionalidad que conocimos gracias a tí. Estas experiencias poco comunes –extraordinarias– que vivimos con naturalidad desde pequeños, creo que nos han permitido saber estar en cualquier ambiente, con los poderosos y con los humildes, sin dejar de ser nosotros mismos. Contigo aprendimos que en esta vida cada uno recorre su propio camino, que no hay más maestro que la propia experiencia, sin renunciar por ello a recorrer algunos trechos con otras personas que siguen rutas vitales parecidas.

Y ahora, permíteme explicitar aquí la razón última de tu labor como investigador y divulgador, pues hay muchos que por su juventud no te conocen y algunos otros que, aun diciendo que ha leido tus libros y artículos, parecen no haberse enterado demasiado. A estos últimos los árboles les han impedido ver el bosque, se han centrado, consciente o inconscientemente, en la anécdota y la frase sacada de contexto perdiendo así el sentido global de tus escritos. Tu motivación no fue otra que la libertad, el derecho del ser humano a conocer la verdad en todos los ámbitos de la vida, de aportar elementos que pudiesen dar una lectura diferente de la Historia a la que el Poder propone e impone. Así se explica que tus investigaciones te llevaran desde los OVNI al Síndrome Tóxico, al Fenómeno OVNI, desde la Astronáutica a la Antropología. Se sorprenden solo los que no entendieron ese hilo conductor de tu búsqueda, los que no saben vivir sin encasillar a los otros, los que no entendieron nada.

Quiero que sepas que Monika y yo te comprendimos y aceptamos tal como eras, con tus bondades y tus defectos. Que comprendemos que viviste y moriste siguiendo tu camino, que respetamos tus decisiones aunque no siempre las compartimos. Quiero dejar constancia de que nos diste un ejemplo de saber estar en los últimos meses de tu vida, llevando tu enfermedad con una dignidad por la que siempre te admiraremos, trabajando hasta un mes antes de morir, hasta que tu cuerpo dijo basta. Nunca te escuchamos un lamento, jamás nos transmitiste conscientemente tus temores. Gracias por enseñarnos que la vida vale siempre la pena. Viviste como un valiente, no como un temerario. Sabemos que en esa época no había garantías reales de nada con ningún tratamiento. ¿De qué hubiese servido alargar unos meses tu vida si los efectos secundarios por aquel entonces te hubieran dejado postrado mucho antes? Al final la parca, más tarde o más temprano, nos tiene que llevar a todos. Sólo espero, cuando me toque el momento, saber encararla con tu misma elegancia. Me consuela pensar que tu vida fue corta pero intensa, que acumulaste más experiencias en tus casi 50 años que mucha gente más longeva en toda su vida. Que esa misma intensidad es la que al final agotó tu cuerpo, pero que mientras duró la fiesta brillaste como esa estrella Polar que me señala el Norte por las noches. Así me gusta pensarlo.

Y para terminar permíteme que rescate ahora algunas palabras tuyas, que procuro hacer mías cuando tengo ocasión de frenar un poco el ritmo de mi propia vida:

Para no dejarse arrastrar por la corriente sólo queda un recurso. Afortunadamente, al alcance de todos y cada uno de nosotros: pensar. Uno puede estar limitado por el medio en el que se ve obligado a moverse, pero lo que uno no puede permitir jamás es que otros decidan por él.

 … Ninguna secta, ninguna religión, ningún grupo, ningún partido, ningún gobierno, ninguna nación, ningún equipo deportivo, ningún medio informativo, ningún líder, ningún mensaje del más allá debe ser nunca más importante que uno mismo. Porque ello supone indefectiblemente la pérdida de la libertad personal de cada uno. Sólo cuando hayan quedado desmontadas todas las religiones, todos los grupos, todos los sistemas de gobierno, todos los sistemas de dominio, todas las formas de influencia, sólo entonces todos y cada uno de los individuos de la especie humana podrán considerarse intrínsecamente libres. Pero insisto en que el alcance de esta utopía sólo será factible cuando todos y cada uno de esos individuos apliquen la herramienta que para ello les ha dado la naturaleza (por decir alguna cosa): la facultad de raciocinio, la facultad de pensar.

 … Por esa meta vale la pena luchar con todas nuestras fuerzas, porque si perdemos esa batalla perderemos con ella la única libertad que nos queda. Que cada cual sea dueño única, pero totalmente de su mente. Porque la libertad mental es la que más nos permite aproximarnos al ideal de libertad.

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Fuente y texto original: El Ojo Crítico nº 60
Fecha: 2009
Autor: Sergi Faber




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